martes, 9 de abril de 2013

Quevedo y Paz

Nos envía Inés Tortajada, de 1º de bachillerato, esta información sobre un soneto analizado en clase de Francisco de Quevedo y su revisión, ya en el siglo XX, a cargo de uno de sus más conspicuos admiradores (Borges aparte), Octavio Paz. Ahí va:

Don Francisco de Quevedo
Francisco Quevedo fue un escritor español, perteneciente a la época del Barroco también conocido como el Siglo de Oro. Es uno de los autores más destacados de la literatura española, sobre todo por su poesía, en la que reflejaba con amargura y pesimismo los temas existenciales de la época: paso del tiempo, brevedad de la vida, presencia constante de la muerte, etc. Todos estos temas son retratados en el siguiente soneto: 



 


¡Ah de la vida!»... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.





Grande entre los grandes: Octavio Paz
    También debemos nombrar a Octavio Paz, escritor mexicano destacado del siglo XX y un gran poeta  y ensayista (El arco y la lira, Los hijos del limo, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe...). Fue además embajador y diplomático y estuvo en 1937 en España, en plena Guerra Civil. Sus obras abarcaron también versiones y traducciones de sus poetas favoritos. Como curiosidad, también tiene una versión teatral de La hija de Rapaccini, de Hawthorne. En sus poemas reflejaba la fusión del tiempo barroco, la naturaleza caída del hombre, etc. El poema en el que mejor hace referencia a Francisco Quevedo es en “Los crepúsculos de la ciudad”, además de la versión que sobre el anterior soneto posee.

 






Fluye el tiempo inmortal y en su latido

sólo palpita estéril insistencia,

sorda avidez de nada, indiferencia,

pulso de arena, azogue sin sentido.



Hechos ya tiempo muerto y exprimido

yacen la edad, el sueño y la inocencia,

puñado de aridez en mi conciencia,

vana cifra del hombre y su gemido.



Vuelvo el rostro: no soy sino la estela

de mí mismo, la ausencia que deserto,

el eco del silencio de mi grito.



Todo se desmorona o se congela:

del hombre sólo queda su desierto,

monumento de yel, llanto, delito.

 

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